15 Ağustos 2016 Pazartesi

Introduccion

La Muerte

Introduccion

Di: “Ciertamente, la muerte de la que huís acabará alcanzándoos – y luego seréis devueltos a Aquel que conoce cuanto está fuera del alcance de la percepción de los seres creados, y también cuanto pueden percibir, y entonces Él os hará entender realmente todo lo que hacíais [en la vida].”(Sura 62:8 La Congregación)
La muerte te puede llegar en cualquier momento. Quién sabe, quizá en este preciso instante. O puede que mucho antes de lo que esperas.
Estas líneas pueden ser la última oportunidad, el último recordatorio, el último aviso antes de que te alcance. Conforme las lees, no puedes saber si aún estarás vivo dentro de una hora. Incluso si lo estuvieses, nada te puede garantizar otra hora de vida. No se puede asegurar que vivirás una hora más, incluso un solo momento. No existen garantías de que terminarás de leer este libro. Lo más probable es que te llegue la muerte cuando, sólo un instante antes, no habías pensado en ella.
Es seguro que morirás, como lo harán todos tus seres queridos. Morirán antes o después que tú. De aquí a cien años, no habrá nadie que conozcas en este mundo.
Diversas metas relacionadas con la vida ocupan el pensamiento del hombre: finalizar el bachillerato, ir a la universidad, graduarse, tener un trabajo respetable, casarse, tener hijos, llevar una vida tranquila...son algunos de los planes más extendidos y comunes del hombre. Aparte de éstos, hay otros miles concebidos según las circunstancias personales de cada uno.
La muerte es una de las pocas cosas seguras que nos van a ocurrir en la vida. Es algo seguro al cien por cien.
Tras años de duro trabajo, un estudiante logra ingresar en la universidad y, sin embargo, muere de camino a clase. Alguien a quien acaban de contratar pierde la vida en su primer viaje al trabajo. Un accidente de tráfico acaba con la vida de una pareja de recién casados el día de su boda. Un hombre de negocios de éxito prefiere volar para ahorrar tiempo, sin saber que ese vuelo acabará trágicamente con su vida.
Llegado este punto, los planes no sirven de nada. Dejando a un lado los proyectos condenados a permanecer inacabados durante toda la eternidad, las personas se dirigen a un lugar sin retorno (y sin embargo es un destino para el que nunca se prepararon). Irónicamente, durante años, dedicaron mucho tiempo a hacer planes que nunca llevarían a la práctica y, sin embargo, no pensaron en la única cosa cierta que les ocurriría.
¿Cómo debería entonces un hombre sabio y consciente establecer sus prioridades? ¿Debe hacer planes para la única cosa que es seguro que ocurra o para algo que es improbable que suceda? La mayoría, es evidente, da prioridad a objetivos que nunca está seguro de alcanzar. No importa en qué etapa de la vida esté, proyecta resueltamente un mejor y próspero futuro.
Esta tendencia sería bastante racional si el hombre fuese inmortal. Pero la realidad sigue siendo que todos los planes están condenados a un final incuestionable llamado muerte. Por tanto, resulta irracional ignorar algo que seguro que ocurrirá y dedicar toda nuestra atención a proyectos que pueden materializarse o no.
A pesar de esto, debido a un incomprensible hechizo que esclaviza sus mentes, los seres humanos son incapaces de darse cuenta de este hecho tan obvio.
Siendo éste el caso, nunca están al corriente de su verdadera vida, que empezará con la muerte. Simplemente no se preparan para ella. Una vez que han resucitado van al infierno, un lugar especialmente diseñado para ellos. La intención que subyace al escribir este libro es hacer que el hombre medite sobre un asunto en el que evita pensar y advertirle sobre un suceso inminente e ineludible. Evitar pensar en él no puede, de ninguna manera, solucionarlo.

Las Supersticiones Y Los Hechos

Las Supersticiones Y Los Hechos

A lo largo de la historia, el hombre ha solucionado con éxito muchos problemas que parecían insolubles, pero la muerte es inevitable. Todo aquel que aparece en esta tierra, no importa cuando, está destinado a morir. El hombre vive hasta un día determinado y luego muere. Algunos mueren muy jóvenes, cuando aún son bebés. Otros pasan por todas las etapas de la vida y se encaran con la muerte al final de la misma. Nada de lo que un hombre posea: propiedades, fortuna, status, fama, grandeza, confianza o belleza puede evitarle la muerte. Sin excepción, todos los hombres están indefensos ante ella, y así seguirán.
La mayoría de las personas evitan pensar en la muerte. No se les ocurre que este final incuestionable les acontecerá algún día. Abrigan la superstición de que, si evitan pensar en ella, serán inmunes a la misma. En las conversaciones diarias se interrumpe sin más a aquellos que intentan hablar de ella. Alguien que empieza a hablar de la muerte, intencionadamente o no, trae a la memoria una señal de Dios y, aunque sólo sea ligeramente, aparta la gruesa nube de despreocupación que cubre los ojos de la gente. A pesar de ello, una mayoría que hace de la despreocupación un modo de vida se siente incómoda cuando se les presentan unos hechos tan “inquietantes”. Sin embargo, cuanto más tratan de escapar a dicho pensamiento, más les obsesiona ese momento. Su actitud despreocupada determinará la intensidad del horror y perplejidad que experimentarán en el momento de la muerte, el Día del Juicio Final y durante el tormento eterno.
El tiempo corre en contra del hombre. ¿Has oído hablar de alguien inmune al paso del tiempo y a la muerte? ¿Conoces a alguien que no vaya a morir? ¡Es poco probable! Es poco probable porque el hombre no tiene influencia alguna sobre su propio cuerpo o sobre su vida. El que no haya decidido sobre su nacimiento pone en evidencia este hecho. Otra evidencia es la desesperación del hombre frente a la muerte. El dueño de la vida es Quien la otorga al hombre. Y cuando Él quiera, te la quitará. Dios, el Dueño de la vida, informa al hombre sobre ello en el versículo que reveló a su Profeta:  
Y [recuerda a los que te rechazan, oh Profeta, que] nunca hemos concedido la inmortalidad a ningún mortal anterior a ti: pero, ¿acaso esperan que, si tú has de morir, van ellos a vivir eternamente? (Sura 21: 34 Los Profetas)
En este momento, hay millones de personas viviendo en el mundo. Podemos deducir que un número incalculable apareció y desapareció desde la creación del primer hombre sobre la tierra. Todas ellas murieron sin excepción. La muerte es un fin cierto tanto para aquellos que vivieron en el pasado como para los que actualmente están vivos. Nadie puede evitar este fin inevitable. Como dice El Corán:
Todo ser humano probará la muerte: pero no recibiréis vuestra recompensa íntegra [por lo que habéis hecho] sino hasta el Día de la Resurrección – entonces, quien sea apartado del fuego y conducido al paraíso, ciertamente habrá logrado un triunfo: pues la vida de este mundo no es sino un disfrute engañoso. (Sura 3:185 La casa de Imrán)

Suponer que la muerte es una coincidencia o mala fortuna

La muerte no ocurre por casualidad. Como es el caso de otros incidentes, ocurre por decreto de Dios. Así como el nacimiento de un hombre está predestinado, lo está la fecha de su muerte hasta el último segundo. El hombre corre hacia este último momento, dejando atrás cada hora, cada minuto que se le concede. La muerte de cada uno de nosotros, su lugar y hora, así como la manera como morirá, todo está predeterminado.
Sin embargo, a pesar de esto, la mayoría de la gente asume que la muerte es el fin último de una sucesión lógica de acontecimientos, mientras que sólo Dios conoce las verdaderas razones. Cada día aparecen noticias de muertes en los periódicos. Después de leerlas, probablemente habrás escuchado comentarios tales como: “Se podría haber salvado si se hubiesen tomado las debidas precauciones” o “No habría muerto si tal cosa y tal otra no hubiesen pasado”. Una persona no puede vivir un minuto más o menos de lo que tiene predestinado. Si embargo, la gente, que está lejos de la claridad que les proporciona la fe, ve la muerte como parte de una secuencia de coincidencias. En El Corán, Dios advierte a los creyentes de esta distorsionada base lógica que es característica de los incrédulos:
¡Oh vosotros que habéis llegado a creer! No seáis como quienes se empeñan en negar la verdad, que dicen de sus hermanos [que han muerto] después de haber emprendido un viaje a un lugar lejano o haber salido de incursión: “Si se hubieran quedado con nosotros, no habrían muerto,” o, “no les habrían matado” – porque Dios hará que esto sea una fuente de angustia en sus corazones, pues es Dios quien da la vida y da la muerte. Y Dios ve todo lo que hacéis. (Sura 3:156 La casa de Imrán)
Suponer que la muerte es una coincidencia es mera ignorancia e imprudencia. Como sugiere el versículo anterior, esto ocasiona en el hombre una gran angustia espiritual y abrumadores conflictos. Para los incrédulos, o aquellos que no tienen fe en el sentido coránico, perder a un pariente o a un ser querido es causa de angustia y remordimiento. Atribuyendo la muerte a la mala suerte o al descuido piensan que se podría retardar la misma. Es la base lógica que de hecho acrecienta su dolor y pesar. Pero este dolor y pesar no es otra cosa sino el tormento de la incredulidad.
Sin embargo, en contra de la creencia popular, la causa de la muerte no es ni un accidente, ni una enfermedad, ni ninguna otra cosa. Ciertamente es Dios Quien crea todas estas causas. Una vez finalizado el tiempo que se nos concede, nuestra vida acaba por alguna de estas razones aparentes. Mientras tanto, ninguno de los recursos materiales destinados a salvar a alguien de la muerte traerá otro aliento de vida. Dios subraya esta ley divina en el siguiente versículo:
Y ningún ser humano muere sino con la venia de Dios, en un plazo prefijado... (Sura 3:145 La casa de Imrán)
Un creyente es consciente de la naturaleza temporal de la vida en este mundo. Sabe que Nuestro Señor, Quien le concedió todas las bendiciones de las que ha disfrutado en él, se llevará su alma cuando Él quiera y le pedirá que dé cuenta de sus actos. Sin embargo, puesto que ha pasado toda su vida intentando ganar el favor de Dios, no le preocupa la muerte. Nuestro Profeta Muhammad (la paz y las bendiciones sean con él) también se refirió a esta buena disposición de carácter en una de sus oraciones:
Jabir ibn Abdullah dijo: “Cuando el Apóstol de Dios (la paz sea sobre él) iniciaba la oración recitaba: Dios es el más Grande; luego añadía: ciertamente mis oraciones, mis sacrificios, mi vida y mi muerte son por Dios, el Señor de los mundos.” (Al-Tirmidhi, 262)

La mala interpretación de lo que significa el destino

La gente abriga muchos conceptos erróneos acerca del destino, especialmente cuando se trata de la muerte. Ideas disparatadas tales como que uno puede “vencer a su destino” o “cambiar su destino” son frecuentesAl considerar que sus expectativas y suposiciones son el destino, alguna gente poco inteligente e ignorante cree que es éste el que cambia cuando las cosas no ocurren como anticiparon o previeron. Adoptan una actitud poco sensata y actúan como si lo hubiesen leído de antemano y las cosas no hubiesen sucedido como estaba escrito. Tan distorsionada base lógica es seguramente producto de una mente estrecha desprovista de un conocimiento suficiente del mismo.
El destino es la creación perfecta de Dios de todos los sucesos pasados y futuros sin limitación de tiempo. Dios es Quien crea de la nada los conceptos de espacio y tiempo, es Quien los tiene bajo Su control y Quien no está sujeto a ellos. La secuencia de acontecimientos que se experimentó en el pasado o que se experimentará en el futuro está, minuto a minuto, planeada y creada bajo la mirada de Dios.
Dios es el Creador del tiempo, por tanto no está sujeto a él. Del mismo modo, que Él se atenga a los acontecimientos que Él mismo creó junto con los que Él creó resulta algo inverosímil. En este contexto, resulta innecesario decir que Dios no espera a ver cómo aquellos acaban. Bajo Su mirada ambos, principio y fin de un hecho, están claros. De manera similar, no existe duda acerca de dónde se sitúan en el plano de la eternidad. Todo ha ocurrido y terminado. Es semejante a las imágenes de una tira de película: así como las imágenes de una película no ejercen ninguna influencia sobre la misma y no la pueden cambiar, los humanos que tienen su papel individual en la vida no pueden influenciar el curso de los hechos grabados en la tira del destino. Los humanos no tienen ninguna influencia sobre él. Justo al contrario, es el destino el factor determinante en las vidas de las gentes. El hombre, parte esencial del destino, no se encuentra separado ni es independiente del mismo. Dejando a un lado un cambio en el destino, el hombre es incapaz de ir más allá de las barreras que éste le impone. Para entenderlo mejor, podemos establecer un paralelismo entre un hombre y un actor de una película. Un actor no puede salir de la película, adquirir una existencia física y empezar a hacer cambios en ella borrando las escenas que no le son favorables o añadiendo otras nuevas. Ciertamente esto sería una sugerencia irracional.
En consecuencia, las nociones de vencer al destino o de desviar el curso de los hechos son mera falacia. Alguien que dice: “He vencido a mi destino” sólo se está engañando a sí mismo (y el mero hecho de que así lo haga compete al destino).
Una persona puede permanecer en coma durante días. Puede parecer poco probable que reviva. A pesar de ello, si se recupera, no significa que “venció a su destino” o que “los médicos cambiaron su destino”. Simplemente quiere decir que su hora aún no ha llegado. Su recuperación no es más que parte de su propio e ineludible destino. Su destino está, como el de todos los demás seres humanos, determinado a ojos de Dios: 
… y nadie ve prolongados sus días hasta una edad avanzada- ni le son acortados sus días- sin que así esté dispuesto en el decreto [de Dios]: pues, ciertamente, todo eso es fácil para Dios. (Sura 35:11 El Originador)
Nuestro Profeta (la paz y las bendiciones sean con él) dijo lo siguiente a una creyente que rezaba a Dios para que le permitiera obtener subsidio de sus seres queridos:
Has preguntado a Dios sobre la duración ya fijada de la vida y por la duración de los días asignados y por los sustentos cuya parte se ha fijado. Dios no haría nada antes de su debida hora, ni retrasaría nada más allá de su hora. (Libro 33, número 6438, Salih Muslim)
Tales incidentes son el modo en el que Dios revela al hombre la inteligencia sin fin, sabiduría, variedad y bendiciones inherentes a Su creación y el modo como lo pone a prueba. Tal diversidad aumenta el agradecimiento, asombro y, fundamentalmente, la fe de la gente. Sin embargo, en los incrédulos produce sensaciones de incertidumbre, estupefacción y perversión que, debido a su mentalidad ignorante, les hace adoptar una actitud más rebelde hacia Dios. Mientras tanto, el percatarse de tan despreocupada actitud de los incrédulos hace que los creyentes se sientan más agradecidos hacia Dios por permitirles tener fe y sabiduría, lo que los hace superiores a aquellos.
Según la creencia popular, el que una persona muera a los ochenta años es su “destino” mientras que la muerte de un bebé, joven o persona de mediana edad es un “hecho horrendo.” Siendo capaces de aceptar la muerte como un fenómeno natural, algunos intentan que ésta se ajuste a sus criterios establecidos. Así, tras una larga y dolorosa enfermedad, la muerte parece aceptable mientras que morir de una enfermedad repentina o por accidente es un desastre prematuro. Éste es el porqué a menudo se enfrentan a la muerte con un espíritu rebelde. Dicha postura es un claro signo de encontrarse desprovisto de una fe esencial en el destino y, por consiguiente, en Dios. Los que alimentan tal estado de ánimo estarán condenados a vivir en un dolor y angustia constantes en esta vida. Éste es, en realidad, el comienzo del tormento eterno que resulta de la falta de fe.

La creencia en la reencarnación

Una de las creencias más irracionales que el hombre sustenta sobre a la muerte es que la “reencarnación” es posible. La reencarnación se define como el que en la muerte física del cuerpo, el alma transmigra o nace de nuevo en otro cuerpo con una identidad distinta en un lugar y tiempo diferentes. Recientemente, se ha convertido en un pervertido movimiento que atrae a muchos adeptos de entre los incrédulos y seguidores de creencias supersticiosas.
En términos técnicos, las razones por las cuales tales creencias supersticiosas reciben apoyo (sin basarse en evidencias concretas) son las preocupaciones que, subconscientemente, esconden los incrédulos. Al no tener fe en el Más Allá, la gente teme ser reducida a la nada después de la muerte. Por otro lado, aquellos que tienen una fe pobre se sienten incómodos con la idea de ir al infierno, puesto que son conscientes o, al menos, consideran probable que la justicia de Dios impone su castigo. Pero para ambos la idea de un repetido renacimiento del alma en otros resulta extremadamente atractiva. Así, determinados círculos que explotan esta creencia distorsionada hacen que la gente crea en esta falacia con la ayuda de un poco de adorno. El que sus seguidores no demanden ninguna evidencia alienta los esfuerzos de estos oportunistas.
Desafortunadamente, esta pervertida creencia también encuentra adeptos en los círculos musulmanes. Se trata mayormente del tipo de musulmanes que está deseoso de proyectar una imagen intelectual y liberal. Existe otra dimensión más seria de este tema que merece nuestra atención: esta gente se esfuerza en confirmar sus puntos de vista con la ayuda de los versículos coránicos. Con este fin, distorsionan los significados explícitos de los mismos y fabrican sus propias interpretaciones del Corán. Nuestra intención es enfatizar que dicha creencia está totalmente en desacuerdo con el Corán y el Islam y es completamente contradictoria a los versículos del Corán, que son totalmente precisos.
Estos círculos dicen que hay unos cuantos versos del Corán que corroboran sus pervertidos puntos de vista. Uno de ellos es el siguiente:
[Entonces] exclamarán: ¡Oh Sustentador nuestro! ¡Dos veces nos has hecho morir como dos veces nos diste la vida! Pero ahora que hemos reconocido nuestros pecados, ¿existe alguna salida [de esta segunda muerte]? (Sura 40:11 Que perdona)
Basándose en este versículo, la gente que cree en la reencarnación establece lo siguiente: al hombre se le da una nueva vida después de que ha vivido algún tiempo en ésta y luego muere. Es la segunda vez que nace y también el período durante el cual el alma completa su desarrollo. Después de la segunda muerte, a continuación de su segunda vida, dicen que el hombre resucita en el Más Allá.
Ahora, alejándonos de cualquier prejuicio, analicemos este versículo: del mismo, resulta evidente que el hombre experimenta dos etapas de vida y muerte. En este contexto, una tercera etapa de vida o muerte está fuera de toda cuestión. Siendo éste el caso, surge una pregunta: “¿Cuál era el estado inicial del hombre? ¿Estar vivo o muerto?” Encontramos la respuesta a esta pregunta en el siguiente versículo:
¿Cómo podéis rechazar a Dios si estabais muertos y os dio la vida, luego os hará morir y de nuevo os volverá a la vida y a Él seréis devueltos? (Sura 2:28 La vaca)
El versículo se explica por sí mismo: en un principio, el hombre está muerto. En otras palabras, debido a la propia naturaleza de su creación, originalmente está hecho de materia inanimada como son el agua, la tierra, etc., tal y como nos dice el versículo. Luego, Dios hizo que este montón de materia inanimada cobrase vida, “lo creó y le dio forma”.Ésta es la primera muerte y así la primera salida de la muerte (el nacimiento). Algún tiempo después de esta primera salida de la muerte (del nacimiento), la vida termina y el hombre muere. Regresa de nuevo a la tierra, como en la primera fase, y es reducido a la nada. Esta es la segunda transición a la etapa de la muerte. El segundo y último hecho en esta salida de la muerte es el que tiene lugar en el Más Allá. Puesto que esto es así, no hay una segunda resurrección en la vida de este mundo. Sino, se necesitaría una tercera resurrección. Sin embargo, no existe ninguna referencia a una tercera resurrección en ninguno de los versículos. Tanto en sura 40:11 Que perdona y sura 2:28 La vaca, no hay ninguna referencia que sugiera la posibilidad de una segunda resurrección en la vida de este mundo. Al contrario, estos versículos revelan explícitamente la existencia de una resurrección en este mundo y otra en el Más Allá.
Aún así, los seguidores de la reencarnación invierten todas sus esperanzasen estos dos versículos.
Resulta evidente que incluso sólo estos dos versículos utilizados como evidencia por los seguidores de la reencarnación rebaten esta distorsionada base lógica Además, otros muchos en el Corán ponen de manifiesto que sólo existe una vida en la que se pone a prueba al hombre y que se trata de la vida de este mundo. El que no hay vuelta a la vida después de la muerte se recoge en el siguiente:
Aquellos que no creen en la Otra Vida, siguen engañándose a sí mismos] hasta que, cuando le llega a uno de ellos la muerte, implora: “¡Oh Sustentador mío!¡Déjame volver, déjame volver [a la vida], para que pueda obrar rectamente allí donde [antes] fracasé!”¡Qué va! Son sólo palabras [vanas] que dice: pues detrás de esos [que dejan el mundo] hay una barrera [de muerte] hasta el Día en que sean todos resucitados. (Sura 23:99-100 Los creyentes)
El diálogo que aquí se mantiene deja claro que, después de la muerte, no hay un regreso a esta vida. Mientras tanto, en este versículo, Dios llama nuestra atención sobre el hecho de que los incrédulos acarician desesperadas ilusiones acerca de una segunda salida de la muerte, una segunda vuelta a esta vida. Sin embargo, el versículo clarifica que se trata únicamente de palabras sugeridas por los incrédulos y que no tienen validez.
El que la gente del Paraíso no experimentará otra muerte diferente a la “primera” muerte se describe en el siguiente versículo:                                                                                          
Y no saborearán la muerte allí después de su muerte primera. Así les habremos librado del castigo del fuego abrasador- como favor de tu Sustentador: ¡y ese, precisamente, será el triunfo supremo! (Sura 44: 56-57 El humo)
La gran felicidad de la gente del Paraíso se describe en otro versículo. Esta felicidad se debe al hecho de que no experimentarán otra muerte excepto la primera:
Pero entonces, [Oh mis amigos en el paraíso,] ¿es [realmente] cierto que no habremos de morir [de nuevo,] después de nuestra muerte anterior, y que nunca [más] habremos de sufrir? ¡Realmente, este –este en verdad –es el triunfo supremo! (Sura 37:58-60 Los alineados en filas)
Los versículos anteriores no dejan lugar a dudas. La conclusión es la siguiente: el hombre experimenta una única muerte. En este punto puede surgir la pregunta: “A pesar de la referencia a las dos muertes de los versículos precedentes ¿por qué se menciona sólo una muerte en la sura 37:58-60 Los alineados en filas?” La respuesta a esta pregunta la tenemos en el versículo 56 de la sura El humo, que dice: “Y no saborearán la muerte allí después de su muerte primera.” De hecho, hay una y sólo una muerte a la cual el hombre se enfrenta conscientemente. Se encuentra con ella y la percibe con todos sus sentidos. Esta es la muerte que uno halla en el momento que termina su vida. Es seguro que no percibe la primera muerte, puesto que entonces se encuentra privado de sentidos y consciencia.
Ante tales categóricas y claras explicaciones que formula el Corán, mantener que existen más muertes y etapas de salida de la muerte y creer que existe trasmigración del alma sería una negación abierta de los versículos coránicos.
Por otra parte, si Dios hubiese creado en esta vida un sistema basado en la reencarnación, seguro que habría informado al hombre de ello a través del Corán, que es la única guía del verdadero camino de la humanidad. Si éste hubiese sido el caso, Dios habría proporcionado una relación detallada de todas las fases de la reencarnación. Pero en el Corán, que proporciona toda clase de información referente a la vida y a la siguiente vida de los creyentes, no existe un solo indicio sobre la reencarnación, cuanto menos una referencia directa a la misma.

La Despreocupacion Que Enturbia Nuestro Entendimiento

La Despreocupacion Que Enturbia Nuestro Entendimiento

El hombre es intrínsicamente orgulloso: es extremadamente sensible a temas relacionados con sus propios intereses. Irónicamente, muestra indiferencia hacia la muerte, que debería ser un asunto de suma importancia. En el Corán, Dios define este estado de ánimo característico de “aquellos que no se sustentan firmemente en la Fe” con una palabra: “despreocupación”.
La definición de despreocupación sugiere una deficiencia en la comprensión global de los sucesos que nos acontecen, debido a una conciencia enturbiada o incluso una total inconsciencia y supone por tanto un fracaso a la hora de tener un buen criterio y dar respuestas pertinentes. Un ejemplo de lo dicho lo encontramos en el siguiente versículo:
Se acerca a los hombres su ajuste de cuentas: pero ellos siguen obstinadamente despreocupados de su llegada. (Sura 21:1 Los profetas)
La gente está segura de que alguien que padece una enfermedad mortal o incurable morirá. Sin embargo, al igual que ese paciente, aquellos que tienen dicha certeza también morirán. El que lo hagan en un futuro próximo o lejano no cambia este hecho. A menudo, la despreocupación obscurece esta verdad. Por ejemplo, es altamente probable que alguien que padezca de SIDA muera en un futuro no muy lejano, pero la realidad sigue siendo que también resulta altamente probable (a decir verdad, es algo seguro) que la persona vigorosa que se encuentra a su lado también morirá un día. Quizá se tropiece con la muerte mucho antes de que lo haga la persona seropositiva. Lo más probable es que ocurra en el momento más inesperado.
Los familiares lloran a sus enfermos en el lecho de muerte. A pesar de ello, raras veces lloran por ellos mismos, que ciertamente morirán un día. Sin embargo, dada la certeza de este suceso, la respuesta no debería variar dependiendo de si ocurrirá ahora o más tarde.
Si, de cara a la muerte, el dolor es la respuesta adecuada, entonces todo el mundo debería empezar a apenarse por sí mismo o por otros. O debería sobreponerse a este pesar y esforzarse por comprender mejor el significado de la muerte.
Con este propósito, resultará útil conocer las razones para la despreocupación de las gentes.

Las causas de la despreocupación

Falta de perspicacia: La mayoría de los individuos que componen la sociedad no están acostumbrados a pensar en temas serios. Al hacer de la despreocupación un modo de vida, no se preocupan por la muerte. Cualquier problema trivial que no puedan solucionar les mantiene constantemente ocupados. Los temas sin importancia, que ya “congestionan” sus estrechas mentes, no les permiten dedicarse a temas serios. Así, pasan sus vidas dejándose llevar por el curso de los acontecimientos. Mientras tanto, cuando alguien muere, o cuando la conversación deriva hacia el tema de la muerte, encuentran consuelo en frases hechas y, simplemente, evitan el tema. Se trata de personas de mente estrecha que abrigan pensamientos frívolos.
La complejidad e intensidad de la vida: La vida fluye muy deprisa y es seductoramente intensa. A falta de un esfuerzo mental excepcional, es probable que el hombre no haga caso de la muerte, que es seguro que le venza antes o después. Si no tiene fe en Dios, se encuentra demasiado alejado de conceptos tales como el destino, depositar la confianza en Dios y someterse a Él. Desde el momento en que es consciente de las necesidades materiales, se esfuerza por asegurarse una buena vida. Este tipo de personas ni siquiera intenta evitar la muerte porque está absorto en sus preocupaciones mundanas. Constantemente persigue nuevos planes, aficiones y objetivos y, un día, de improviso y por consiguiente sin haberse preparado para ello, se enfrenta a la realidad de la muerte. Entonces se arrepiente y quiere volver a vivir, pero es inútil.
Crece el engaño de la población: Uno de los motivos por los que existe la despreocupación es el que siga habiendo nacimientos. La población mundial sigue creciendo, nunca decrece. Sin embargo, una vez atrapados en la espiral de la vida, el hombre puede, por error, creer en ideas atrayentes y sin embargo completamente ilusorias tales como que “los nacimientos sustituyen a las muertes” y que, de ese modo, se mantiene un equilibrio de población. Esta base lógica hace que las circunstancias maduren para que se forme una actitud despreocupada ante la muerte. A pesar de lo dicho si, de ahora en adelante, no hubiese más nacimientos en el mundo, veríamos las muertes una tras otra y, por tanto, una población mundial en descenso. Entonces empezaríamos a sentir el horror de la muerte. El hombre advertiría cómo los que le rodean desaparecen uno tras otro y se daría cuenta de que sufriría igualmente este inevitable final. Es un sentimiento parecido al que experimentan los condenados a la pena capital en el corredor de la muerte. Cada día son testigos de cómo se llevan a dos o tres personas para ejecutarlas. El número de prisioneros disminuye de forma constante en las celdas. Pasan los años, pero todos los días, aquellos que aún están vivos se duermen en un estado de ansiedad pensando si mañana les tocará a ellos. No dejan de pensar en la muerte ni un solo segundo.
Irónicamente, la situación actual no difiere del mencionado ejemplo. Los recién nacidos no influyen en absoluto en los que están destinados a morir. Se trata de una apreciación sicológica errónea. Aquellos que poblaron el mundo hace 150 años no están hoy aquí. Las generaciones posteriores no les salvaron de la muerte. Del mismo modo, de aquí a 100 años, los que ahora habitan la tierra, con escasas excepciones, no lo harán. Esto es así porque el mundo no es un lugar permanente para el hombre.

Modos de engañarse a sí mismo

Entre los motivos que nos hacen mostrar indiferencia hacia la muerte y sumergirnos en la despreocupación, se encuentran también ciertos mecanismos de defensa que la gente emplea para engañarse a sí misma. Estos mecanismos, entre los cuales citaremos algunos un poco más adelante, reducen al hombre al nivel del avestruz que introduce su cabeza bajo la tierra para escapar de una situación desagradable.
Posponer pensar en la muerte hasta los últimos años de la vida: Por regla general, la gente da por sentado que vivirá hasta los sesenta o setenta años. Esto explica el porqué normalmente los jóvenes y las personas de mediana edad emplean este mecanismo de defensa. Teniendo en cuenta estos cálculos, posponen pensar en unos temas tan “lúgubres” hasta el final de sus vidas. Durante su juventud (o en la flor de la vida) no quieren enturbiar sus mentes con temas tan “deprimentes”. Los últimos años de vida corresponden, inevitablemente, a la época en que no se puede aprovechar lo mejor de la misma y la gente cree que este período es el más apropiado para pensar con frecuencia en la muerte y prepararse para la otra vida. Esto también conlleva un alivio espiritual, puesto que proporciona la sensación de estar haciendo algo para el Más Allá.
Sin embargo, resulta evidente que hacer unos planes tan a largo plazo y tan indeterminados no tiene sentido para alguien que ni siquiera tiene garantizado el siguiente aliento de vida. Esta persona ve cómo cada día mucha gente de su edad, o incluso más jóvenes, mueren. Las necrológicas ocupan un espacio considerable en los periódicos. Cada hora, las cadenas de televisión informan sobre nuevas muertes. A menudo es testigo de cómo muere alguien cercano. A pesar de ello, poco piensa en que los que le rodean también serán testigos de su propia muerte o de que leerán su esquela en el periódico. Por otro lado, incluso aunque viva mucho tiempo, nada cambiará, puesto que su mentalidad será la misma. Hasta que no se encuentre cara a cara con la muerte, pospondrá pensar en ella.
Suponer que se “cumplirá condena” en el infierno por un corto período de tiempo: Este punto de vista, que es frecuente en nuestra sociedad, no es sino superstición. Después de todo, no es una creencia que tenga sus raíces en el Corán. En ninguna parte del mismo encontramos ninguna referencia a “cumplir condena” en el infierno durante algún tiempo y luego ser perdonado. Bien al contrario, en todos los versículos relevantes, se menciona específicamente la separación de los creyentes y los incrédulos el Día del Juicio Final. De nuevo, sabemos por el Corán que los creyentes permanecerán en el Paraíso por toda la eternidad, mientras que los incrédulos serán arrojados al infierno, en donde sufrirán el tormento eterno:
Dicen: “El fuego sólo nos tocará un número contado de días.” Di: “¿Habéis recibido una promesa de Dios? –pues Dios nunca incumple Su promesa. ¿O es que atribuís a Dios algo que no podéis saber?”
¡Sin duda! Quienes hayan obrado mal y estén inmersos en sus faltas –están destinados al fuego y en él permanecerán; pero quienes alcancen la fe y hagan buenas obras –están destinados al paraíso y en él permanecerán. (Sura 2:80-82 La vaca)
Otro versículo enfatiza la misma cuestión:
Y eso porque alegan: “El fuego nos tocará un número contado de días”: es así como las falsas creencias que inventaron les han llevado [con el tiempo] a traicionar su religión. (Sura 3:24 La casa de Imrán)
El infierno es un lugar de tormento inimaginable. En consecuencia, incluso si fuera posible permanecer en él durante un corto espacio de tiempo, un hombre consciente nunca consentiría pasar porese sufrimiento. El infierno es el lugar en donde los atributos de Dios, al- Jabbar (Aquel que sojuzga el mal y restaura el bien) y al-Qahhar (el Aniquilador) se manifiestan en grado sumo. El tormento del infierno no es comparable a ningún sufrimiento en la tierra. Una persona que ni siquiera soporta una quemadura en el dedo y dice que puede soportar fácilmente la mencionada tortura sólo demuestra su estupidez. Además, una persona que no se siente aterrorizada por la Ira de Dios no Le tiene en gran estima. Dicho sujeto, privado enteramente de fe, es un pobre hombre que no merece la pena mencionar.
Pensar que “Ya me merezco el Paraíso”: Existe también un grupo de personas que suponen que son la gente del Paraíso. Se comprometen con cuestiones de poca importancia creyendo que se trata de buenas acciones y evitan las malas pensando que están listos para entrar en el cielo. Cargados de supersticiones y diciendo herejías que asocian a la religión, en realidad lo que hacen es seguir una fe completamente alejada del Corán. Se presentan como verdaderos creyentes y, sin embargo, el Corán los coloca en la lista de los que asocian a otros con Dios:
Y preséntales la parábola de dos hombres, a uno de los cuales habíamos dado dos viñedos, que rodeamos de palmeras, y entre ambos pusimos un campo de cereales. Ambos viñedos daban su cosecha sin mengua de ninguna clase, pues habíamos hecho brotar un arroyo en medio de cada uno de ellos. Y así [aquel hombre] tenía abundancia de frutos.
Y [un día] le dijo a su acompañante, mientras discutía con él: “¡Yo tengo más riqueza que tú, y soy más poderoso en [el número y fuerza de mi] gente!”
Y habiendo pecado [así] contra sí mismo, entró en su viñedo diciendo: “¡No creo que esto vaya a desaparecer jamás! Ni creo que llegue jamás la Última Hora. Pero si [llegara, y] fuera llevado ante mi Sustentador, ¡seguro que encontraría a cambio un lugar mejor que este!”.
Y su acompañante le contestó, prosiguiendo la discusión: “¿Vas a blasfemar contra Aquel que te ha creado de tierra, y luego de una gota de semen, y te formó al final como un hombre [completo]? Por mi parte [sé que] Él es Dios, mi Sustentador, y no voy a atribuir poderes divinos a nada excepto a mi Sustentador”.
(Sura 18: 32-38 La cueva)
Con las palabras: “Pero si [llegara, y] fuera llevado ante mi Sustentador”, el propietario del jardín expresa la falta de una fe sólida en Dios y el Más Allá y, por consiguiente, revela que es un idólatra que abriga dudas. Mientras tanto, proclama que es uno de los mejores creyentes. Además, no le cabe duda de que Dios le recompensará con el Paraíso. Esta actitud insolente e inferior del idólatra resulta algo muy común.
Estas gentes, en el fondo, saben que están siendo deshonestas, pero cuando se les cuestiona, intentan demostrar su inocencia. Alegan que cumplir los mandamientos de la religión no es tan importante. Además, tratan de absolverse diciendo que aquellos que les rodean y que aparentemente son religiosos en realidad son inmorales y deshonestos. Intentan probar que ellos son “buena gente” proclamando que no hacen daño a nadie. Afirman que no dudan en dar dinero a los mendigos, que han trabajado honestamente en el servicio público durante años y que éstas son las cosas que hace un verdadero musulmán. O bien no saben o pretenden no saber que lo que de verdad hace que un hombre sea un verdadero musulmán no es llevarse bien con los demás sino ser un siervo de Dios y obedecer Sus mandamientos.
En un intento de basar su distorsionada visión de a religión en algún tipo de lógica racional, suscriben ciertas falacias. En realidad es algo típico que muestra su falsedad. Con el fin de legitimar su propia vida, buscan refugio en lemas tales como: “El trabajo es la mejor forma de adoración” o “Lo que de verdad importa es la sinceridad del alma” Según el Corán, sólo están “inventando mentiras en contra de Dios” y merecen el castigo del Fuego eterno. En el Corán, Dios describe la situación de estas personas como sigue:
Pretenden engañar a Dios y a aquellos que han llegado a creer –pero sólo se engañan a sí mismos, y no se dan cuenta. (Sura 2: 9 La vaca)
Lógicas de doble rasero: A veces, cuando las personas piensan en la muerte, suponen que desaparecerán para siempre. Esta idea tan chocante hace que desarrollen otro mecanismo de defensa: Dan poco crédito al hecho de que “existe una vida eterna que Dios nos prometió”. Dicha conclusión les hace tener esperanzas. Cuando se dan cuenta de las responsabilidades que un creyente tiene hacia su Creador, prefieren ignorar por completo el hecho de que existe una vida eterna. Se consuelan pensando “Después de todo, seremos reducidos a la nada y nos convertiremos en polvo. No hay vida después de la muerte”. Dicho supuesto alivia todos los temores y preocupaciones, como el tener que dar cuenta de sus actos el Día del Juicio Final o sufrir en el fuego del infierno. En ambos casos, viven sus vidas despreocupados hasta el fin de las mismas.  

La consecuencia de la despreocupación

Como hemos dicho con anterioridad, mientras se está vivo, la muerte se hace notar. Estos recordatorios son beneficiosos a veces e impulsan al hombre a volver a examinar sus prioridades en la vida y a volver a evaluar su actitud en general. Pero hay veces en que los anteriormente citados mecanismos de defensa toman el poder y, conforme pasan los días, la nubede despreocupación que cubre nuestros ojos se hace más y más grande.
Si los incrédulos esperan tranquilamente la muerte y tienen un sentimiento irracional de seguridad, incluso cuando son plenamente conscientes de ella en los últimos años de su vida, es porque están completamente envueltos por dicha nube, porque para ellos la muerte supone un sueño tranquilo y confortable, tranquilidad y calma y un descanso eterno.
Contrariamente a lo que piensan, Dios, El que crea de la nada y El que hace morir y dará vida a todas las criaturas el Día del Juicio Final, les promete arrepentimiento y tormento eternos. Serán testigos de ello en el momento de su muerte, cuando crean que van a dormir un sueño eterno. Se darán cuenta de que la muerte no implica una desaparición total, sino que es el principio de un nuevo mundo lleno de angustia. La aterradora aparición de los ángeles de la muerte es el primer indicio de este gran tormento.
¿Qué [será de ellos] pues, cuando los ángeles los recojan a su muerte, y les golpeen en la cara y en la espalda? (Sura 47: 27 Muhammad)
En este momento, la arrogancia e insolencia que los incrédulos tuvieron antes de la muerte se convertirá en terror, arrepentimiento, desesperación y tormento eterno. En el Corán, se alude a este hecho como sigue:
Pues, [muchos son los que] dicen: “¡Cómo! Una vez que hayamos [muerto y] desaparecido bajo la tierra, ¿vamos a ser de verdad [devueltos a la vida] mediante un nuevo acto de creación?”
¡No, sino que [al decir esto] niegan la verdad del encuentro con su Sustentador!
Di: “[Un día] el ángel de la muerte, a quien habéis sido encomendados, os recogerá, y luego seréis devueltos a vuestro Sustentador”.
Si tan sólo pudierais ver [cómo será el Día del Juicio], cuando los que están hundidos en el pecado aparezcan cabizbajos ante su Sustentador [y digan]: “¡Oh Sustentador nuestro! ¡[Ahora] hemos visto y oído! ¡Devuélvenos, pues, [a nuestra vida terrenal] para que hagamos buenas obras: pues [ahora] estamos, ciertamente, convencidos [de la verdad]!”
(Sura 32: 10-12 La postración)

No se puede escapar de la muerte

La muerte, especialmente en edades tempranas, es algo en lo que raramente se piensa. Puesto que se cree que es el final, el hombre evita pensar en ella. Sin embargo, éste no es el remedio. Además, resulta imposible ignorarla. Todos los días aparecen titulares en los periódicos que relatan la muerte de tantas y tantas personas. Con frecuencia nos tropezamos con coches fúnebres o pasamos cerca de cementerios. Familiares y colegas mueren. El asistir a sus funerales o visitar a sus parientes para darles el pésame hace que pensemos en la muerte. A medida que asistimos a la muerte de otros y, especialmente a la de nuestros seres queridos, uno piensa inevitablemente en su propia muerte. Este pensamiento nos hiere profundamente, y nos provoca un estado de constante inquietud.
No importa con cuánta fuerza nos resistamos, dónde busquemos refugio o cómo intentemos escapar, encontraremos nuestra propia muerte en cualquier momento. No hay alternativa. Ante nosotros no hay otra salida. La cuenta atrás no se detiene ni un solo segundo. Dondequiera que miramos nos encontramos con la muerte. El círculo se estrecha constantemente y al final nos atrapa:
Di: “Ciertamente, la muerte de la que huís acabará alcanzándoos –y luego seréis devueltos a Aquel que conoce cuanto está fuera del alcance de la percepción de los seres creados, y también cuanto pueden percibir, y entonces él os hará entender realmente todo lo que hacíais [en vida].” (Sura 62: 8 La congregación)
Dondequiera que os halléis, la muerte os alcanzará –aunque estéis en torres elevadas. (Sura 4: 78 Las mujeres)
Éste es el motivo por el que necesitamos dejar de engañarnos a nosotros mismos o ignorar los hechos y esforzarnos por ganar el favor de Dios durante este período predeterminado por Él. Sólo Dios sabe cuando llegará nuestro fin.
Nuestro profeta Muhammad (la paz y las bendiciones sean con él) también dijo que la mejor forma de evitar que se nos nuble la razón y lograr tener un buen corazón es recordar la muerte con frecuencia:
Abdullah ibn Umar relató: “El Mensajero de Dios (la paz sea con él) dijo: “Estos corazones se llenan de herrumbre como el hierro cuando está en contacto con el agua”. Al preguntarle qué podría limpiarlos contestó: “Acordarse a menudo de la muerte y recitar el Corán”.” (Al-Tirmidhi, 673)

La Verdadera Muerte Y Lo Que De Ella Se Deriva

La Verdadera Muerte Y Lo Que De Ella Se Deriva

La muerte del alma (La verdadera muerte)

¿Has pensado alguna vez en cómo morirás, en cómo es la muerte y en lo que ocurrirá en el momento de morir?
Hasta ahora, nadie que haya muerto ha aparecido para compartir sus experiencias y sentimientos con respecto a ella. Es por esto que resulta técnicamente imposible recabar información sobre cómo es la muerte y lo que uno siente en el momento de morir.
Dios, El que da vida al hombre y se la quita a su debido tiempo, nos informa en el Corán sobre cómo ocurre la muerte. De este modo, el Corán se convierte en la única fuente de información sobre la misma y sobre lo que experimenta y siente alguien que muere.
La muerte, tal y como se refiere a ella el Corán, es bastante diferente a la “muerte clínica” que se observa desde fuera.
Ante todo, ciertos versículos nos ponen al corriente de lo que le ocurre a la persona que está muriendo visto por ella misma y que no pueden percibir otros. Lo relata la sura “Lo que ha de ocurrir”:
¿Por qué, pues, cuando llega [el ultimo aliento] a la garganta [de un moribundo], mientras vosotros miráis [impotentes] -y Nosotros estaos más cerca de él que vosotros, pero no [Nos] veis? (Sura 56: 83-85 Lo que ha de ocurrir)
A diferencia de la muerte de los incrédulos, la de los creyentes es dichosa:
...esos  quienes los ángeles se llevan a su muerte mientras están en un estado de pureza interior, y les dicen: “¡La paz sea con vosotros! ¡Entrad en el paraíso por lo que hicisteis [en vida]!”. (Sura 16: 32 La abeja)
Estos versículos revelan un hecho muy importante e inalterable acerca de la muerte: cuando ésta nos llega, por lo que pasa la persona que está muriendo y lo que observan los que le rodean son experiencias distintas. Por ejemplo, alguien que fue toda su vida un incrédulo inflexible parece desde fuera que tiene una “muerte tranquila”. Sin embargo, el alma, que ahora se encuentra en una dimensión totalmente diferente, saborea la muerte de un modo muy doloroso. Mientras, el alma de un creyente, a pesar de que parezca estar sufriendo enormemente, deja el cuerpo “en un estado de virtud”.
En resumen, la “muerte clínica del cuerpo” y la muerte del alma, a la cual hace referencia el Corán, son acontecimientos totalmente diferentes.
Al ignorar esta verdad de la que nos informa el Corán, los incrédulos, que piensan que la muerte es un sueño tranquilo y eterno, buscan también la manera de hacer menos doloroso y más cómodo el momento de morir. Las consecuencias de este error se ejemplifican claramente con los casos de los que cometen suicidio ingiriendo pastillas, inhalando gas o recurriendo a cualquier otra forma indolora de morir para escapar de una dolorosa enfermedad.
Como mencionábamos anteriormente, la muerte que “saborean” los incrédulos se convierte en una gran fuente de tormento para ellos, mientras que resulta una dicha para los creyentes. El Corán ofrece un relato detallado de las dificultades que experimentan los incrédulos cuando se llevan sus almas por el modo en que los ángeles manejan sus almas en el momento de su muerte:
¿Qué [será de ellos] pues, cuando los ángeles los recojan a su muerte, y les golpeen en la cara y en la espalda? Esto, porque solían seguir lo que Dios condena, y detestaban [lo que obtendría] Su complacencia: y entonces Él ha hecho que se malogren todas sus [buenas] obras. (Sura 47: 27-28 Muhammad)
El Corán también hace referencia a la “agonía de la muerte”, que en realidad es consecuencia de las noticias que dan los ángeles sobre el tormento eterno en el momento de morir:
... ¿Y quien puede ser más perverso que quien inventa una mentira acerca de Dios, o dice: “Esto me ha sido revelado”, cuando no le ha sido revelado nada? - ¿o quien dice: “También yo puedo hacer descender lo que Dios ha hecho descender”?
Si pudieras ver [que será de] tales malhechores cuando se vean en la agonía de la muerte, y los ángeles extiendan sus manos [y exclamen]: “¡Entregad vuestras almas! ¡Hoy seréis retribuidos con el sufrimiento de la humillación por haber atribuido a Dios algo que no es la verdad, y por haber despreciado arrogantemente Sus mensajes!”. (Sura 6: 93 El ganado)
Y si tan solo pudieras ver [que pasará] cuando Él haga morir a los que insisten en negar la verdad: los ángeles les golpearán en la cara y en la espalda, y [dirán]: “¡Saboread el castigo del fuego en pago a lo que vuestras manos han adelantado -pues Dios no es injusto en absoluto con Sus criaturas!”. (Sura 8: 50-51 El botín)
Estos versículos dejan claro que la muerte de un incrédulo es, en sí misma, un período de agonía. Mientras que los que le rodean observan una aparente muerte tranquila en su cama, empieza un gran tormento espiritual y físico para él. Los ángeles de la muerte toman su alma, inflingiéndole dolor y humillación. En el Corán, los ángeles que recogen las almas de los incrédulos se describen: “esos que ascienden para luego ponerse”. (Sura 79: 1 Los que ascienden)
La última etapa de cómo se llevan el alma se explica de la siguiente manera:
¡Pero no! Cuando llega [el último aliento] a la garganta [del moribundo] y la gente pregunta: “¿Hay algún mago [que pueda salvarle]?” –mientras que él [mismo] sabe que ésta es en verdad la partida. (Sura 75: 26-28 La resurrección)
En este instante, el incrédulo se enfrenta a la verdad que negó durante toda su vida. Con su muerte, empezará a sufrir las consecuencias de su enorme culpa, su negación. Los ángeles “golpeando sus espaldas ”y“ arrancando (el alma) con fuerza” suponen sólo el principio y un pequeño indicio del sufrimiento que les espera.
Por el contrario, para un creyente, la muerte supone el principio de la felicidad y la dicha eternas. A diferencia del incrédulo, que sufre amargamente, el alma del creyente “navega con navegación serena” (Sura 79: 2 Los que ascienden) mientras los ángeles dicen: “¡La paz sea con vosotros! ¡Entrad en el paraíso por lo que hicisteis [en vida]!” (Sura 16: 32 La abeja) Es algo parecido al sueño. –en él, el alma se desliza suavemente hacia otra dimensión, como indica el siguiente versículo:
[Únicamente] Dios [tiene este poder -Él] es quien hace morir a todos los seres humanos en el momento de su muerte [corporal], y [hace que estén como muertos], mientras duermen, a aquellos que aún no han muerto: así retiene ´-el a aquellos para los que ha decretado la muerte, y remite a los otros hasta un plazo fijado [por Él]. (Sura 39: 42 Las multitudes)
Esta es la verdad fundamental sobre la muerte. Exteriormente, la gente es testigo sólo de la muerte clínica: un cuerpo que pierde gradualmente sus funciones. Los que observan desde fuera a una persona al borde de la muerte no ven ni cómo golpean su cara ni su espalda, ni cómo su alma llega hasta su garganta. Únicamente el alma de la persona en cuestión experimenta estas sensaciones y ve estas imágenes. Sin embargo, la verdadera muerte la “saborea” en todas sus facetas la persona que está muriendo en una dimensión desconocida para los que la ven desde fuera. En otras palabras, lo que se experimenta durante la muerte es un “cambio de dimensión”.
Podemos resumir los acontecimientos que revelan estos versículos que hemos analizado como sigue: ya se sea creyente o no, la muerte de una persona no se retrasa ni se adelanta ni siquiera una hora. Dondequiera que esté, la muerte le sorprende, si ha llegado su hora. En el momento de morir, se recibe un tratamiento diferenciado, aunque exteriormente no se puede distinguir.

La muerte del creyente

  • Al ser consciente de que la muerte es inevitable, el creyente se prepara para enfrentarse a ella durante toda su vida y finalmente pasa el examen.
  • Los ángeles de la muerte le saludan y le dan buenas nuevas del paraíso.
  • Los ángeles tratan el alma de un creyente con delicadeza.
  • El creyente siente la necesidad de dar la buena nueva de que la promesa de Dios es cierta a otros creyentes que aún están en el mundo y de que no existe miedo ni dolor para ellos. Pero esto no está permitido.

La muerte del incrédulo

  • Se enfrenta a la muerte que ha intentado evitar durante toda su vida.
  • Sufre convulsiones mientras muere.
  • Los ángeles extienden sus manos y le informan sobre el degradante castigo del infierno.
  • Los ángeles golpean su cara y espalda mientras está muriendo.
  • Se llevan el alma con un gran tormento interior.
  • Cogen el alma y llega hasta la garganta y, en ese momento, no queda nadie para curarle.   
  • El alma sale con dificultad, mientras que sigue negando.
  • En el momento de morir, no se le permite expresar su fe ni arrepentirse.
Podemos aprender algo de la “muerte clínica” que la gente observa desde fuera. La manera en que este tipo de muerte reduce el cuerpo humano a algo insignificante hace que uno vea como ciertos algunos hechos muy importantes. Por consiguiente, la “muerte clínica” y la tumba, que nos esperan a todos, también merecen mencionarse y meditar sobre ellas.

La muerte del cuerpo (vista desde fuera)

Cuando morimos, a la vez que el alma abandona la dimensión en la que vive el hombre, deja también atrás un cuerpo sin vida. Como en el caso de las criaturas que cambian la piel, se abandona la envoltura externa y se continúa hacia la verdadera vida.
A pesar de esto, la historia de la “envoltura” que permanece en este mundo es importante, especialmente para aquellos que dan al cuerpo más importancia de la que realmente merece...
¿Has pensado detenidamente lo que le sucede a esta “envoltura” cuando uno muere?
Morirás un día. Quizá de un modo que nunca imaginaste: mientras vas a la panadería a comprar el pan, puede que un coche te atropelle; o una enfermedad mortal acabará con tu vida; o, simplemente, tu corazón dejará de latir sin motivo aparente.

Entonces empezarás a saborear la muerte

De aquí en adelante, no tendrás nada que ver con tu cuerpo. Ese cuerpo que asumiste como “tuyo” durante toda tu vida se volverá un simple trozo de carne. A tu muerte, otros se lo llevarán. Habrá gente alrededor llorando y lamentándose. Luego llevarán ese cuerpo al depósito, en donde permanecerá una noche. Al día siguiente comenzarán los preparativos para el entierro. Lavarán el cuerpo sin vida, ahora muy rígido. Señales de la muerte aparecerán en algunas partes del mismo, poniéndose morado.
Luego envolverán el cadáver en un sudario y lo colocarán en un ataúd de madera que conducirá un coche fúnebre. Conforme avanza hacia el cementerio, la vida en las calles seguirá como siempre. Al percatarse de que pasa un coche fúnebre, algunos viandantes mostrarán respeto, pero la mayoría seguirán con lo que estaban haciendo. En el cementerio, el ataúd lo transportarán los que te querían o los que decían quererte. Lo más probable es que aún haya gente llorando y lamentándose. Entonces llegarán a su inevitable destino: la tumba. Inscribirán tu nombre en la lápida de mármol… Sacarán tu cadáver del ataúd y lo meterán en la fosa. Recitarán oraciones por tí. Finalmente, cogerán las palas y cubrirán tu cuerpo con tierra. También arrojarán tierra en el sudario y tu boca, garganta, ojos y nariz se llenarán de ella. Poco a poco te irás cubriendo de tierra por completo. Enseguida acabará el funeral y la gente se irá marchando. Entonces el cementerio volverá a su silencio habitual. Los que asistieron a las exequias seguirán con sus vidas y, en cuanto a tu cuerpo enterrado, la vida ya no tendrá sentido para él. Una casa bonita, una persona bien parecida, un paisaje impresionante no significarán nada. Tu cuerpo no se encontrará con un amigo nunca más. De ahora en adelante, lo único cierto para él será la tierra, los gusanos y las bacterias que la habitan.

¿Has pensado alguna vez en cómo será el aspecto que tendrá tu cuerpo después de morir?

Con el entierro, tu cuerpo experimentará un rápido proceso de  descomposición provocado por factores tanto internos como externos.
Poco después de que te coloquen en la tumba, las bacterias y los insectos que proliferan en el cadáver debido a la ausencia de oxígeno empezarán a actuar. Los gases liberados por estos organismos hincharán el cadáver, empezando por el abdomen, alterando su forma y apariencia. Una espuma sanguinolenta brotará de la boca y la nariz debido a la presión de los gases sobre el diafragma. Conforme avanza la descomposición, se desprenderán el pelo, las uñas, las plantas de los pies y las palmas de las manos. Acompañando a esta alteración externa del cuerpo, los órganos internos tales como los pulmones, el corazón y el hígado también se descompondrán. Mientras tanto, la escena más horrible tiene lugar en el abdomen, donde la piel no puede soportar ya la presión de los gases y revienta, expandiendo un olor insoportable y repugnante. Comenzando por el cráneo, los músculos se separarán de su sitio. La piel y los tejidos blandos se desintegrarán por completo. El cerebro se pudrirá y empezará a parecer barro. Este proceso continuará hasta que todo el cuerpo quede reducido a un esqueleto.
El cuerpo que creías tuyo desaparecerá de una manera horrible y desagradable. Mientras que aquellos que dejaste atrás prosiguen con los rituales de costumbre, los gusanos, insectos y bacterias del suelo corroerán tu cuerpo.
Si mueres a consecuencia de un accidente y no te entierran, las consecuencias serán incluso más trágicas. Los gusanos comerán tu cuerpo como si fuera un trozo de carne que se deja a temperatura ambiente durante varios días. Cuando se hayan comido el último trozo tu cuerpo será un esqueleto.
Ésta es la manera en que la vida de un ser humano, creado de “la mejor forma” alcanza el más horrible de los finales.

¿Por qué?

Es sin duda por la Voluntad de Dios que el cuerpo deja de existir de una forma tan drástica. El que así lo haga conlleva un mensaje implícito muy importante. El terrible final que le espera al hombre debería hacer que se diera cuenta de que no es un cuerpo, sino un alma “encerrada” en un cuerpo. En otras palabras, el ser humano debe comprender que tiene una existencia más allá de su cuerpo. Un final tan impresionante, con las muchas lecciones que conlleva, está hecho para que el hombre comprenda que no es simplemente “carne y huesos”.
El hombre debería contemplar su cuerpo, al que da tanta importancia (como si fuera a permanecer en este mundo finito para siempre), y fijarse en su final: la muerte (puesto que se corromperá bajo la tierra, se lo comerán los gusanos y, finalmente, se convertirá en un esqueleto).